domingo, 6 de noviembre de 2011

Lyrĭcus II

Vuelvo a abrir los ojos, unos ojos llenos de pena y lágrimas. Y ahí seguía yo, observando esa vieja foto del primer viaje que hicimos juntos: Cádiz, mi querida Gades. Qué miedo le tenía yo a la altura de ese mirador y cómo sonríes, cómo sonríes...
Lo reconozco: tenías razón cuando decías que ese iba a ser el viaje de nuestra vida, siguiera posteriormente en conjunto o no. Ese era el viaje que unía una gota de agua con el aceite: la pureza de tu ser y mi maldita manía por recaer siempre sobre tus palabras y lograr la victoriosa sensación de tener siempre la última.
De lejos, oigo el ruido de la cuchara y cómo arrastras los pies con esas viejas zapatillas de andar por casa. Te vuelves a sentar en la cama y dejas la taza encima de la mesilla de noche. Noto cómo te estiras y cómo mi respiración se acelera cada vez más. Me agarras del muslo, me das la vuelta y ahí estamos tú y yo, frente a frente.
Yo, parpadeando, lucho contra tu mirada e intento imponer una caída de ojos pero tu sonrisa arrancada del vacío ha ganado, como siempre.
- Dime quién eres, háblame de ti. No vale tu día a día y tus quejas constantes por todo y hacia todo. ¿Qué se mueve dentro de ti? Ábrete. Ábrete porque necesito saber qué albergas tras ese caparazón de mujer fría e insensible.
- Me dan miedo tus versos, tus manos sabias y mi constante miedo a que seas tú quien deba enseñarme a nadar cuando yo empiece a llorar y no pueda parar nunca más. En definitiva, necesitarte, quizás, demasiado. Así pues, amor, te otorgo la medalla, Campeón.
Sin pensarlo ni un segundo más, me reincorporo y me enrollo en esas sábanas blancas que ya huelen al último terceto de nuestro soneto.
Se acabó.

Así que abandonándote en tus ramos
o dejándote al borde del camino
aplicarte el rigor es lo mejor.
Mario Benedetti

domingo, 23 de octubre de 2011

Lyrĭcus.

"Hoy seré yo quién te lea."
Y así fue: él era el que me leía, literalmente, por las noches, los domingos por la mañana después de desayunar e incluso los días en los que justificaba que me dolía la cabeza.
Me decía esto mientras se dirigía a la otra punta del piso, a la inmensa librería que compartíamos, en busca de un saco de versos, como él lo denominaba. Mientras, yo, yacía en la cama cubierta con una alba sábana mentras jugaba con mi pelo.
-¿Sabes? No sé qué finalidad tiene todo esto, qué te traes entre manos y...
-Calla. Comienzas a enfadarme y... -Frunciendo el ceño, intentando simular un falso enfado, miró el libro que llevaba entre las manos.- a Montero también.
Se sentó en la cama dándome la espalda y se dispuso a abrir el libro. Suspiró. Me encanta el momento previo a tal acción: suelta el aire, se yergue y posteriormente se desinfla cual si fuera un globo.-Las palabras son barcos y se pierden así, de boca en boca.- Se dejó caer encima de la cama y me buscó la boca. Noté la nicotina en sus labios y no pude evitar apretar los míos y dejarme envenenar.- Como de niebla en niebla. Llevan su mercancía por las conversaciones, sin encontrar puerto.- Mi cuerpo era su puerto y yo lo sabía; creo que demasiado bien. Su mercancía era la bella agonía que me hacía estremecer.Me dejé acariciar con sus frías manos los muslos y dejé que se recreara en mi entrepierna.- la noche que les pesa que un ancla. .-Como una ancla me pesa la incertidumbre, la rabia de no sentirme plenamente complementaria a él. No pude evitar girarme y darle yo, ahora, la espalda. Fijé mi vista en nuestra foto y cerré los ojos.
Se calló y pude oir cómo cerraba el libro con un golpe. Derrotado, se puso la camisa y se dispuso a ir a la cocina y prepararse una buena taza de café americano. Oía cómo se iba, cómo se me escapaba y yo, con los ojos llenos de lágrimas, me estampaba con la realidad: esos versos le habían arañado el alma de forma irreparable y ver como en nuestra estantería, nuestro rincón, ya colgaba el cartel de "Se vende": se venden versos vacíos, versos blancos, se venden recuerdos. Yo soy el último verso de su estrofa 35, esa estrofa recién estrenada a la cual yo pongo punto y final.

viernes, 14 de octubre de 2011

Saudade

Y es que cuando me pongo a pensar en todo a lo que podemos llegar a atados me falta el aire. Estamos atados a las palabras, a los prototipos que impone la sociedad, a los tratos, a las promesas y a papeles que ordenan cuánto tienes que pagar por tener un techo y un medio de transporte privado. Háblale de ataduras a Carmen, la camarera del burdel del centro de la ciudad, que entre alcohol, sudor y carmín alquila su cuerpo por tres billetes azules a cualquier ser viril que se disponga a pagarlos. Háblame de ti. ¿Qué eres tú? ¿Quién eres? Cuéntame, por favor.
Yo soy Laura, persona la cual vive atada a sí misma con una cuerda de ideas, nudos y recuerdos. La cuerda que me sostiene son las ganas de cosas nuevas, la curiosidad. Ésta, en teoría no debería atarme, pero lo hace porque le tengo miedo a los errores: las equivocaciones me aterran y sus consecuencias también. Y me siento constantemente al filo de un precipicio cuando no puedo controlar las situaciones, cuando no puedo percibir qué se te pasa por la cabeza, qué pretendes, qué quieres, el motivo por el cual te dejas ver como si te mirara desde un calidoscopio.
Me asusta esta impaciencia que calzo desde que apareciste.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Qarmuna 2011

Un mes me ha bastado para darme cuenta de todo: has sido arriesgo puro, una sensación a contracorriente, un montón de risas y miradas cómplices, y el alargo de una despedida agridulce. Has sido el Teatro Cerezo convertido en Teatro Minerva, fugas fortuitas, 100 montaditos, una lluvia de estrellas, un deseo y un trozo de cuerda en común atada a mi muñeca.

...y por todo ello te doy las gracias, Chema.


martes, 2 de agosto de 2011

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Los destellos de luz desaparecieron junto a las falsas esperanzas de poder ver algún día. ¿Para qué quiero dos ojos que no ven? Unos ojos que vuelan solos, que añoran y no pueden con el ansia de ver ni con la propia vida. Mi corazón diluvia ganas e ilusiones que se ahogan en angustias porque aunque no vea, pienso y sueño.
Mis ojos no entienden de formas, de miradas cómplices ni de colores. Mis ojos se humedecen cuando no atinan al lanzar la última sonrisa. Mis ojos renacerían y perdonarían al desalmado que me impuso esta condena. Porque aunque no vea, ni veré te pienso y te sueño.